PASADO DE ROSCA, Sirius, por Bernar Freiria
¿Que podía haberme quedado allí? Tal vez sí. Ahora mismo no tengo, que yo sepa, ninguna causa pendiente. Pero decidí no tentar la suerte. Porque si eres visible, a alguien pueden acabar despertándosele los bajos instintos y ser capaz de encontrar a un policía, a un fiscal o a un juez justicieros y cuando menos te lo esperas, ya estás enredado. Que sobran los amigos mientras repartes, pero cuando el grifo está cerrado, los camaradas son escasos. Es mejor no estar al alcance de la vista, que quien evita la tentación, evita el peligro. Además, con la empresa cerrada y las oficinas vacías, no quiero verle la cara, ni mucho menos oír los comentarios, a tanto envidioso como hay por ahí, que está deseando hincarle el diente a quien cree que está caído, que no es así, que si me apuran ahora vivo mejor.
Y no puedes andar todo el tiempo sacando pecho para que no te miren como a un pobre diablo venido a menos, porque sacar pecho también puede ser perjudicial. Así que lo más inteligente era hacer lo que he hecho, venirme a este retiro dorado. No me arrepiento en absoluto. Y que digan lo que quieran, que me importa poco desde aquí.
No se vive mal en esto que por aquí llaman condominios. Aquí tienes todo tipo de servicios, que contratas a la carta. A final de mes te pasan la cuenta de los gastos comunes más lo que hayas contratado: restaurante, lavandería, limpieza... En ese sentido todo resulta muy cómodo. Mis vecinos son casi todos cubanos. Aquí, hispanos y yanquis no se mezclan. Son graciosos los cubanos, un poco pesados, pero graciosos. No es cuestión de ponerse muy exigente, si no quieres acabar por quedarte sin nadie con quien jugar al golf, y eso es lo que más me entretiene en estos días, le he cogido vicio. A veces, me gusta comer con ellos en el restaurante de los condos. Son como una tribu y se sientan siempre en mesas enormes, con sus familias, que siempre son muy numerosas. Cuando vivíamos en España, María andaba más por su cuenta. Pero aquí aún se siente un poco fuera de ambiente y se refugia en lo que conoce mejor, o sea, yo. Se empeña en que comamos los dos solos muchos días y, como ella odia cocinar, la mayoría de las veces acabamos en el restaurante. Lo malo es que, si los cubanos acaban por cansarme cuando estoy mucho rato con ellos, aún más me aburren sus amigas, con esa manera de hablar como cotorras alborotadas. Así que muchas veces empezamos a comer juntos María y yo, pero acabamos tomando el café con los cubanos. Afortunadamente, las mujeres siempre hacen grupo aparte. Ni aun así María ha llegado a tener auténticas amigas. Quién lo diría, ella tan sociable allá y tan poco adaptable aquí. A mí, en cambio, no me cuesta tanto sentirme yo mismo entre los cubanos. Soy capaz de sintonizar con su sentido del humor simplón, y yo creo que es cuestión de voluntad o de ganas. De los que hablamos español, ellos son la colonia más numerosa. Así que hay que convivir con ellos y ya está, no es bueno estar analizándolos todo el rato y viendo lo diferentes que son de nosotros, como hace María. Y mejor los cubanos que los españoles, que también hay algunos aquí. Unos que viven, como nosotros, todo el año; y otros que pasan solo temporadas. Pero lo que nos distingue a los españoles es el recelo mutuo. Nos miramos unos a otros con el rabillo del ojo, con desconfianza apenas disimulada, como pensando “¿qué habrá hecho este para tener que irse de allí?” Y aunque todos tenemos nuestra historia, y todos, de alguna manera, somos fugitivos, todos queremos resguardar nuestro secreto, que nadie sepa demasiado de nosotros. Que mira tú que es tontería, con un pacto tácito de silencio ya estaría. Pero no, esa desconfianza produce un olor que nos sale por los poros y que nos repele en los otros. Por eso procuramos evitarnos.
Yo me entiendo bastante bien con los santiaguinos Pablo Seisdedos y Roberto Rioja. Los dos tienen buen nivel de golf y yo tuve que tomar clases para poder darles réplica, que allí en España casi me daba igual hacer un eagle que un doble bogey. Yo jugaba, como muchos allí, sobre todo para hacer tratos entre hoyo y hoyo. Aquí, en cambio, el juego es un fin en sí mismo, porque la charla es de puro relleno. Pablo y Roberto son hábiles y llevan unos cuantos años dándole al putt. Como soy más joven, aprovecho mis fuerzas para usar los drivers con alguna ventaja. Creo que ya pronto voy a poder ganarles. Porque a mí no me gusta perder ni a las chapas; eso ya me pasaba de pequeño, y sigo igual. Además, no quiero que nada me recuerde que vengo de una medio derrota, porque esa es la verdad. Se acabó lo que se daba y no pude hacer casi nada al respecto. En el fondo, yo sabía que lo mismo que subió la marea en algún momento tenía que bajar y tenía claro que no quería que las cosas me pillaran por sorpresa. Así que, como era más listo que otros, fui guardando por si las cosas se ponían feas, como así fue. De todos modos, la hostia me la pegué, a qué negarlo, y no tiene puta gracia. Vengo de lo que vengo y, aunque el golf es un simple juego, tampoco estoy en el mejor estado de ánimo para dejar que me apalicen fácilmente un día sí y otro también. Claro que si yo odio perder, eso no es nada en comparación con lo que ellos odian a Castro. Más le vale a Raúl que el régimen dure por lo menos tanto como él. Porque como estos y sus amigos llegaran a poder poner el pie en su adorada isla, mechan a Castro y a todos los del Partido Comunista Cubano. Cuando me dicen que todavía guardan las llaves del ingenio que perteneció a sus padres y del casoplón que tenían en La Habana, les cuento que también hay familias moras del norte de África que guardan las llaves de su casa de Granada. Que ya manda huevos, desde el siglo XV o XVI guardando la llavecita. Yo se lo digo en broma, pero a ellos no les hace ninguna gracia. De alguna manera tengo que vengarme de lo bien que se manejan con los palos en el green.
Al principio iba guardando en el calcetín, como quien dice. Luego sacaba el dinero a Andorra o a Suiza. Cosas de aficionado. Pero pronto me hice todo un profesional. Yo quería tener pasta, lo tenía muy claro, Y también un buen colchón por si las cosas venían mal dadas. Además, enseguida me di cuenta de que no hacía falta arriesgar dinero para poner en marcha obras grandes. Al principio, yo necesitaba los créditos, como casi todos; pero pronto la necesidad de darme crédito la tenían los mandamases de las Cajas. Yo era buen chico, y dejé que me prestaran. Había que entender bien el negocio. Tenía sus costes y había que saber calcularlos. Intereses, sí. Ahí había que pelearlos a la baja, pero sin pasarse. Tenías que dejarles un diferencial entre lo que les cobraban los alemanes y lo que te cobraban ellos a ti. Las comisiones, que eran otro coste, facilitaban mucho las cosas. Aprendí pronto a lograr que la codicia de los directivos fuera hacia la comisión que ellos recibían en lugar de hacia el aumento del diferencial de interés, que iba para la Caja. Cuando alguno se subía a la parra, yo le decía que, si quería, yo podía trabajar solo con lo mío, aunque fuera en obras más chicas. Eso los ponía muy nerviosos. “Tenemos que pensar todos a lo grande”, me decían, “¿para qué quieres ganar un poco con cuatro casas que puedas pagar con tu dinero, cuando todo lo que construyas te lo quitan de las manos? Hombre, sé ambicioso. El dinero no es problema, nosotros te lo damos”. Hubo incluso quien hasta era capaz de hacerme números para convencerme de que, pagando lo que les pagaba de comisión, me seguía compensando el beneficio de las grandes construcciones hechas con el dinero de la Caja. Teníamos un tira y afloja con el que yo solía conseguir que bajaran algo sus pretensiones y seguíamos con el bonito modelo de negocio. Yo construía con su dinero, y mis ganancias, descontando la relativamente pequeña parte que ellos se llevaban en intereses y comisiones, las sacaba de España. Aprendo rápido, desde pequeño. Como me ha de pasar con el golf, en el que no tardaré en llegar al nivel de experto, así me licencié en la universidad parda de crear sociedades fantasmas y me doctoré en paraísos fiscales y en todos los rincones de la Tierra en los que se puede mantener el dinero opaco y lejos de cualquier mirada. Por supuesto que ahora podría estar viviendo en una casa muchísimo más lujosa que este condominio para empresarios de medio pelo y profesionales del montón. A María le gustaría, desde luego. Una “mansión”, como ella dice, en la que organizar fiestas para lucir joyas y trapos. Pero yo no quise mover cantidades mayores; esto lo compré con calderilla, como quien dice. De momento, estoy cómodo así. Quiero ir viendo cómo se mueven las cosas por aquí. Porque lo del golf está muy bien para pasar un rato, pero ya he visto que se puede jugar a otras cosas que me gustan bastante más. El mercado inmobiliario está vivo en toda la Florida y, aunque no sea la locura que fue el mediterráneo español, con un poco de vista y dinero, estoy viendo que se pueden hacer buenos negocios. No voy a quedarme como la mayoría de los que se vienen a vivir aquí, jubilados y sin prácticamente nada que hacer en todo el día, porque eso atonta. Me está viniendo bien descansar una temporada de todo aquel follón de actividad que tenía en España. Claro que hay quien se empeñaba en negarle el mérito al que lo tiene, diciendo que todo aquello marchaba solo y que no había más que esperar sentado a que los guiris llegaran con los cuartos, pero de eso nada. Los cuartos llegaban solo si se había hecho antes un buen trabajo, que no todo el que quiso supo. Había que camelar a unos y a otros. Políticos, directivos de las cajas, aunque yo no sé realmente dónde empezaban unos y terminaban otros, francamente. Los que quitaban y ponían a los mandamases de las cajas querían estar al tanto de todo lo que se movía. Supongo que ellos también exigían su parte. Pero había mucho que hacer, eso desde luego. Había que ocuparse de buscar terrenos, convencer en los ayuntamientos para que los recalificaran, desde aparejadores y arquitectos a concejales más o menos brutos. Y había que hacerlo bien, sabiendo cuándo, cómo y cuánto darle a cada cual. Y de vez en cuando se tropezaba uno con concejales duros de pelar. Eran como putas que, además de cotizarse caras, te exigían que les dieras mimos y las trataras como si fueran honradas. No se me olvida una concejala de urbanismo de un pueblo del interior, una tía de cuarenta y bastantes años, que se hacía la ofendida cada vez que yo dejaba caer que podía haber dinero para todos. Pero, al mismo tiempo la tipa coqueteaba conmigo con bastante descaro. Llegué a pensar que sus remilgos eran una forma de hacerse la interesante y que era su estrategia de cortejo, que para mí era un tanto infantil. Por aquel entonces yo tenía de sobra donde elegir y ella no me atraía demasiado. Finalmente, un día quedamos en un hotel. Ella llevó todo el tiempo la iniciativa y fue una larga sesión de sexo duro y guarro. No me esperaba que una tía tan remilgada se comportara con tanta desvergüenza. Creí que después de todo lo que habíamos hecho, se habrían caído todas las barreras que nos separaban y que ya podía mostrarme franco y confiado. Así que, mientras nos vestíamos, abordé directamente el asunto de la recalificación que tenía pendiente su ayuntamiento y le hice una oferta generosa. ¡La que me montó! Me amenazó con denunciarme y todo. De repente, tuve una inspiración y se me ocurrió inventarme que la había grabado con el móvil y la amenacé con subirlo a internet. Se puso blanca, pero reaccionó. “Tú también tienes que perder”, me dijo. No dudé ni un instante y le respondí: “¿no has visto como en los telediarios ponen las caras de los policías a cuadraditos? No solo se puede hacer con la cara, se puede hacer con mi cuerpo, de modo que nadie me conozca, y el tuyo y tu cara se verán perfectamente nítidos, que para eso tengo un móvil de última generación”. Así la apacigüé. Nos fuimos cada uno por su lado y no volvió a dirigirme la palabra. Sin embargo, dejó de poner obstáculos a mi solicitud. Por muy alta que sea mi autoestima, no puedo creer que se sintiera recompensada por los polvos que le eché una sola noche. Más bien supongo que su cambio fue por el miedo a ver circulando por internet el vídeo que nunca había existido. Al final, los terrenos fueron recalificados y ella no vio ni un euro. Por tonta. Y el caso es que se podía haber embolsado una bonita suma. Tal como había pasado todo, ni se me ocurrió hacerle un regalo.
Coordinar la construcción, dinamizar la venta, poner el dinero a buen recaudo... Todo aquello era una locura que no dejaba ni un minuto libre al día, porque el golf allí también formaba parte del trabajo. Había una legión de trabajadores de muchos niveles que había que elegir, ubicar, estrujar o fulminar cuando no servían. Eso sí, todo aquello me hacía sentirme en la cima del mundo. Todo se movía porque yo lo empujaba. La sensación de poder que eso da no se puede comparar a nada. Supongo que eso era lo que hacía que saliera de mí una luz especial. Así conquisté a María. A ver como si no una belleza así se pudo enamorar de mí. Porque sigue enamorada, incluso ahora que ha desaparecido ese halo, después de que se cayeron todos los palos del sombrajo. Echo de menos la intensidad de antes, eso sí. María y yo nos hemos dado homenajes sonados después de algunos de aquellos pelotazos. De repente todo encajaba y los compradores empezaban a hacer transferencias y a traer maletines. Podía uno relajarse unos días. La coca ayudaba en aquellos polvos cósmicos, aunque yo nunca he sido de coger un colocón ciego. María es algo más viciosilla y muchas veces yo conseguía la farlopa por agradarla a ella. Aquí también he conseguido proveedores buenos; de vez en cuando hacemos una fiesta, para recordar que nosotros no somos abueletes como la mayoría de los vecinos de los condominios.
Pero si había algo que me gustara tanto como un fin de semana de folleteo ininterrumpido con María era ver cómo te quitaban de las manos los proyectos que nacían en la imaginación y en el papel. Producía un placer especial ver cómo se iba materializando una gran urbanización y que, con los apartamentos y los chalés aún sin terminar o incluso a veces sólo en plano, ya había peleas por comprar. La idea, los recursos puestos en movimiento, los hombres que seguían tus órdenes o daban forma a tus deseos, las voluntades que convergían en el punto que tú señalabas… Eras dios y el diablo a la vez; y el mundo, un lugar hermoso en el que los ambiciosos y listos como yo conseguían lo que buscaban. Esa armonía entre deseos y logros te hacía volar bien alto, sí, ya lo creo.
También había momentos de ansiedad y miedo, no lo negaré. A veces comprabas a las afueras de un pueblo, sin tenerlo bien claro, una buena superficie de huertos, casi siempre abandonados, simplemente para que no te los madrugaran otros delante de tus narices. Haber comprado a cien propietarios diferentes, generalmente por una millonada, un terreno rústico era un negocio ruinoso si no se convertía y pronto en urbanizable. Entonces, la espera hasta que se aprobaba la recalificación se hacía interminable. Sobre todo, si las tierras, o parte de ellas, estaban en un ayuntamiento que no tenías bien controlado. Si la cosa empezaba a torcerse, lo pasaba realmente mal. Cuando empezaba, me producía mucha ansiedad saber que dependía de otros para la recalificación. Después de algunos años, la experiencia me decía que cuanto más grande fuera el terreno, más posibilidades había de recalificarlo. Te das cuenta de que casi todo el mundo tiene un precio. Y, además, los partidos políticos que cortaban el bacalao en los ayuntamientos habían acabado por arreglárselas para quitar de en medio a todos los concejales estreñidos que ponían trabas a los negocios. Para entonces la ansiedad empezó a ser de otra clase. Por un lado, había que buscar terrenos cada vez más lejos de la costa, que cerca del mar ya no quedaba nada de buen tamaño para seguir trabajando a lo grande. El dinero empezaba a entrar más lentamente. Ya se empezaban a ver las orejas del lobo, así que había que decidir cuándo retirarse. Si lo dejabas todo demasiado pronto, parecías un pardillo acojonado que salía de naja cuando otros estaban todavía ganando dinero a espuertas. El hambre de los comisionistas también empujaba lo suyo. Todo el mundo quería su colacao, como lo llamábamos en la jerga, y casi te exigían que siguieras tirando del carro. Claro que eso también me facilitó las cosas. Todos aquellos estómagos agradecidos tuvieron que callar y aceptar los restos del naufragio en pago de los créditos concedidos. Ya me encargué yo de exagerar lo que me habían insistido para que siguiera adelante con las promociones. En fin, que poco menos que me había metido en los últimos negocios ruinosos por su culpa. Yo no tuve que repatriar ni un solo euro. Ellos tenían también motivos para que no se removieran las aguas y yo, un montón de tierra y viviendas que no había forma de colocar. La verdad es que nunca me hubiera imaginado que las cosas iban a pasar de una manera tan brusca. Fue como despertarse de un sueño y comprobar que todo lo que había en él no era realidad. De la noche a la mañana no se vendía nada. Absolutamente nada. Todo se paró como si un motor se hubiera gripado y no fuera capaz de dar una vuelta más. Todos, yo incluido, habíamos contado con tener un margen de maniobra. Pero no fue así. Como es lógico, los de las Cajas presionaron para que les devolvieran los créditos y tuvimos algunas reuniones tensas, ya sin las risas y el compadreo de antes. Aunque la verdad es que apretaron poco, o más bien durante poco tiempo. Porque, al principio, alguno se me puso un poco bravo. Pero tenían mala conciencia. Sabían que tenían las manos más manchadas con las coimas que los paletas con el cemento. Así que aceptaron que les dejara todo lo que no estaba vendido, viviendas y solares que ya nadie quería y que no había forma de colocar, y me dejaron ir. Los que vinieron después hicieron el mismo camino, aunque la mayoría no salió tan bien como yo. Naturalmente fueron mis abogados los que redactaron los documentos en los que las Cajas aceptaban que con lo que les dejaba la deuda estaba saldada. Así yo evité cualquier demanda y ellos que salieran a la luz cosas que no querían que se supieran. Por su parte, los que peor lo habían hecho y no pudieron evitar pasar por los juzgados, también movieron sus hilos para no dar con sus huesos en la cárcel. Todo el mundo tiene algo que agradecer a alguien y todos o casi todos los que estuvimos en la pomada tomamos en su día las precauciones para tener allegados y cómplices en todas partes. Hicimos como las arañas, fuimos tejiendo las redes que amortiguaran nuestra posible caída. Porque, unos más y otros menos, todos —o casi todos, que también hubo algún pardillo que se creyó el más listo— nos dábamos cuenta de que caminábamos por el alambre y, aunque cada cual confiaba con llegar a la otra orilla, éramos conscientes del riesgo que corríamos. Se trataba de no caer en una corriente que nos arrastrara y de tener agarraderas que nos permitieran, aunque fuera trastabillando, quedar a salvo. Todavía hay alguno al que le quedan procesos pendientes, pero, o mucho me equivoco o solo los más pringados van a acabar con sus huesos en la cárcel. De todos modos, son tiempos para andarse con pies de plomo y yo por lo pronto no hago ninguna ostentación, prefiero pasar desapercibido aquí. Y, por supuesto, no hago ningún movimiento de fondos. Ya le he dicho a María que no hay “mansión” a la vista. De momento todo está bien guardado en la parte más oscura de la bodega. Ya vendrán tiempos mejores. No voy a decir que no echo de menos vivir a todo tren, como hacía en España, aunque debo confesar que allí cuando tenía tiempo no tenía dinero y cuando tenía dinero no tenía tiempo para vivir como a mí me gusta. Ahora estoy en una situación especial, vuelvo a tener tiempo y teniendo dinero no puedo o más bien no debo disponer de él, al menos de momento. Pero creo que todo esto me ha servido para saber poner las cosas en su sitio. Valoro tener tiempo libre, pero esto tampoco es vida. Todavía soy bastante joven, tengo energía y los negocios me apasionan. No hay nada que me guste más que ganar dinero. Creo que me gusta más aún que sobar las tetas de María, y ya es decir. Y aquí hay oportunidades, ya lo creo. Solo estoy esperando que escampe, y entonces podré empezar a hacer mis inversiones discretamente. De hecho, ya empiezo a estar familiarizado con los precios de las propiedades de por aquí. Internet es una mina y veo las ofertas que hay y cómo se mueve la cosa. Pero mirarlo todo en la pantalla me produce una sensación agridulce. Es como volver a ser un niño mirando un escaparate lleno de golosinas. Se me ponen los dientes largos cuando veo una buena oportunidad de compra, pero sé que debo ser prudente y voy a esperar el momento adecuado para empezar. Sin embargo, creo que si algo tengo claro es que no voy a dejarme atrapar de nuevo por el torbellino. Primero, porque quiero que el tiempo esté a mi servicio y no yo arrastrado por él. Y, además me he dado cuenta de que el exceso de velocidad hace perder el control.
Sirius, ilustración generada por IA
Ahora estoy convencido de que hay que ir haciendo apuestas controlables sobre cosas que se conocen bien para que se pueda saber de antemano cuál va a ser el recorrido de la inversión. Así se evitan sobresaltos. Para mí, a estas alturas, no vale la pena vivir con el corazón en un puño temiendo a cada momento que el suelo que pisas se hunda bajo tus pies. Aunque reconozco que con la adrenalina que corre por tus venas cuando estás metido en la aventura te crees capaz de sostenerte en el aire, es tal la sensación de poder que tienes cuando estás en la cúspide. Estás un poco como borracho de ti mismo. Lo que me pasa es que ya he visto que cuando el suelo realmente se hunde tú no te quedas flotando mientras todo se desmorona. Claro que yo he sido lo suficientemente listo como para no quedar sepultado por los cascotes, como les ha pasado a tantos otros. Aun así, soy sensato, después de lo que he visto y vivido, no voy a volver a exponerme y aunque tampoco renuncio a ganar dinero, lo inteligente es mantenerme a resguardo. Ya entraré en el juego cuando mi experiencia me diga que llevo todas las de ganar. Quien tiene dinero contante y sonante y paciencia acaba encontrando joyas que se pueden vender, también con redes y paciencia, cuando el beneficio merezca la pena. Todo para llevarlo entre María y yo, sin necesitar ni depender de otros. Cuando tienes algo realmente bueno en las manos, el posible comprador no te va a privar de tu partido de golf o de unos cuantos días en un velero alquilado con su tripulación. No tener prisa por vender hace que la gente se dé cuenta de que no basta con alargar la mano para tener una propiedad valiosa. Porque en esta etapa de mi vida quiero sobre todo vivir bien, nunca compraré una propiedad que tenga que vender con urgencia para no perder una oportunidad única, quiero ir sobre seguro. Bastantes zozobras he pasado.
Tampoco me puedo olvidar de los tres hijos que he dejado en España, que habrá que atender en sus necesidades. Además, no es hombre cabal el que no es capaz de dejar a sus hijos más de lo que a él le dejaron sus padres. En mi ex no pienso. Bastante se ha llevado ya en el divorcio. Cuando se enteró de lo mío con María me montó el gran desparramo; pero cuando se vio bien instalada y con el riñón cubierto, ya parece que su disgusto fue menos. Menos mal que habíamos hecho separación de bienes. La hice sobre todo para que ella no se quedara en la calle si los negocios se me torcían, y también para no comprometerla con mis enjuagues. Reconozco que no lo había planificado con ese fin, pero al final, la separación funcionó bien como cortafuegos en el divorcio. Claro que tuve la precaución de que ella no supiera nada del paradero ni del monto de toda la pasta que yo había ido colocando. Pero como tonta del todo no es y sabía que no eran cuatro perras, tuve que darle más de lo que hubiera querido para taparle la boca. Se lo di en negro para que ella también esté pringada y le convenga mantener la boca cerrada y estarse quietecita.
Ahora los que tienen que dar la cara son otros, los que se creían superiores y estaban tan cómodamente sentados en sus despachos esperando que yo llegara con el maletín. Es su parte del negocio. Algunos eran tan torpes que incluso tuve más de una vez que dejarles que utilizaran mis canales para poner a buen recaudo el dinero que yo les daba. Mis abogados me han asesorado bien, supongo que tuve más suerte que otros; con los papeles que les hemos hecho firmar, nadie podrá reclamarme un euro. Y ya he tenido yo buen cuidado de que ni se les ocurra hablar de nuestros tratos bajo cuerda. Si alguno hace la más mínima insinuación que apunte hacia mí, le cae la del pulpo. Tienen mucho más que perder que yo y lo saben. A más de uno le dije en medio de grandes risotadas, pero mirándolo como yo sé, que en Colombia se había inventado un remedio infalible para los bocazas. Al oírlo, la risa se les agarraba a la garganta y enmudecían. Me gustaba romper la tensión con una amistosa palmada en el hombro, pero el mensaje quedaba ahí. Espero que todavía lo tengan presente.
Pues claro que no llevo bien haber dejado a toda la gente que me importaba. Aquí estamos solos María y yo. Sé que más de uno andará malmetiendo con mi familia, porque algún eco de España me ha llegado. Hay mucho envidioso que se alegra de que me haya tenido que ir y que se alegraría más si me hubiera quedado con una mano delante y otra detrás, o mejor aún, si me viera en la cárcel. Sé que mi hermana Fuensanta no las tiene todas consigo, y la pobre me ha mandado recado de que no pase faltas y que si necesito algo que se lo pida, que ella hará lo que pueda, la pobre. No hay forma de convencerla de que no me he arruinado, hasta tal punto llega la influencia de los envidiosos que le comen la oreja. Claro está que yo no puedo explicarle claramente mi situación real. “No vayas a meterte en cosas de las que luego vayas a arrepentirte” y consejos por el estilo me daba cuando la llamé por teléfono desde un hotel de Nueva York, que no quiero que nadie me tenga situado en el mapa. La mujer estaba preocupada, y vi que no podría convencerla con nada que le dijera. Y así sigue.
También me duele no tener cerca a los amigos. Aunque por mis actividades, en los últimos tiempos frecuentaba principalmente a la gente con la que tenía tratos, y de esos, aunque se declaran grandes amigos tuyos, yo sé que su amistad dura lo que dura el provecho mutuo. Me refiero a los amigos de verdad, esos que han crecido contigo, del barrio, del colegio; la verdad es que me había ido apartando de ellos casi sin darme cuenta. Pero aun así, estaban allí y te los cruzabas de vez en cuando, y eso sí que lo echo de menos. Un saludo, una caña, un apretón de manos, la noticia que te daban de algún allegado o un conocido común… todo eso te hacía comprender que había gente a la que le importabas. Pero al mismo tiempo es como si aquí fuera otro, como más libre. Sienta bien que todas aquellas ataduras y esa imagen a la que todo el mundo espera que respondas se disuelvan. Es como si pudieras descansar de ser quién eres. Y eso está muy bien para unas vacaciones, incluso para unas vacaciones largas. Pero me estoy dando cuenta de que lo que me ataba también era lo que me hacía sentir que soy yo mismo, y no ese personaje de guardarropa que he inventado para mí, para que la gente se quede con el cliché y no te haga preguntas. Ahora, eso mismo te despersonaliza y hace que a veces no te encuentres a ti mismo. Eso me da un poco de vértigo, lo reconozco. En fin, no sé si acabaré encontrándome del todo a gusto aquí, o si tendré permanente nostalgia. Desde luego, lo que no me planteo es el regreso, ni siquiera a largo plazo. Lo que había allí se acabó, y ya no tiene sentido que yo piense en volver. Ahora bien, que nadie me diga que el Caribe y el Mediterráneo son casi lo mismo, porque eso sí que no es verdad, por más que se parezcan en algunas cosas. Pero es solo en la superficie. El fondo es muy distinto.
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