MINUETO. Leonardo en vísperas de Francia, por José Antonio Molina Gómez

 




Son las primeras horas del día. Las prefiero para empezar a trabajar, mi vista sufre con los años y cada vez mi débil corazón se cansa más. Salai, el fiel Salai, ha dispuesto los dibujos de los diluvios y las masas de agua en agitación sobre la mesa y ha salido para dejarme trabajar solo. Me entrego a mis estudios hidráulicos para olvidar que llegué a Roma, pensaba yo, cargado de fama. Parece que solo me acompañaban los años y la vejez. Su Santidad el Papa León X, cabeza de la cristiandad, segundo hijo del gran Lorenzo de Medici, defensor de Italia frente al invasor francés, me estrechó las manos, me abrazó contra su pecho, y me llamó Leonardo, su buen hijo. Pero ahora me ignora, presta más atención al joven Rafael Sanzio. En la Ciudad Eterna parece que la ruina soy yo. ¡Si al menos pudiera, como antes, diseñar proyectos y levantar grandes canales o desecar lagunas! ¿Es que no he sido capaz de dominar el Arno y salvar de su ira a Florencia? Pero es difícil competir en ese terreno con Giulano da Sangallo que ya ha trabajado para dos Papas. Y el actual sucesor de Pedro me deja atrás. Los Médici me encumbraron, sí; y los Médici me matarán.


Breve es la obra humana, como una sombra que pasa, como una huella seca dejada en el barro a punto de convertirse en polvo. Dejaremos el mundo y nuestro nombre perdurará unas pocas generaciones. Países nuevos, voces nuevas elogiarán los hechos de las personas ilustres y después todo enmudecerá. No es mal final cuando pienso en lo mucho peor que es tener que mirar al hombre convertido en verdugo de sí mismo en un país cuyas riquezas han ido a la par con sus ambiciones y sus desgracias, semilla y origen de todas las guerras y calamidades que convirtieron en un campo de batalla lo que había sido un lugar hermoso. Es triste esculpir una estatua para que ballesteros extranjeros la acribillen en Milán o tener que pintar la batalla de Anghiari solo para que los prebostes de Florencia disfruten de una carnicería que a la larga olvidará la Historia.


Por fortuna los siglos son un leve parpadeo en los ojos del tiempo y el mundo es un libro sobre el que Dios escribe como si fuera un palimpsesto. Unas lineas se borran para que otras se escriban encima, una página sucederá a la otra y la memoria de las generaciones desaparecerá. Todo se borrará, mejor dicho, creo que todo se disolverá arrastrado por aguas y torrentes que modelarán la tierra como seguramente han hecho una y otra vez desde el principio de las cosas. Jamás he creído en un solo diluvio. Antes bien han debido de existir innumerables diluvios, tempestades y movimientos tremendos de los vientos huracanados; terremotos golpeando la tierra provocando olas gigantescas, modelándola una y otra vez, con virulencia, levantando el lecho marino, desgarrando las entrañas vivas del suelo y dejando al descubierto las huellas de antiquísimos cataclismos acaecidos en los años infantiles del mundo.

A veces sueño despierto, me siento arrebatado por visiones. Contemplo la humanidad y su civilización arrasada y aniquilada por la fuerza de la naturaleza. El aire enfurecido se vuelve oscuro y cargado de nubes, arrastra lluvia y granizo. Se mezcla con árboles mutilados cuyas hojas se desprenden a toda velocidad de las amputadas ramas como un cuerpo desangrándose. Caen las montañas antes eternas, torrentes incontrolables de fuerza inaudita pulverizan la piedra y la separan en fragmentos, semejantes a mil explosiones de pólvora, a mil erupciones volcánicas, a mil estrellas detonando. Las cordilleras revientan y rocas del tamaño de catedrales son arrastradas por las aguas. Conforme desciende el torrente impetuoso de las aguas engulle ciudades, aldeas, granjas y cuantos asentamientos humanos la tormenta encuentra a su paso. Los animales huyen despavoridos. También hay una estampida humana. El miedo y la locura imponen su dominio. Improvisadas embarcaciones acogen a la humanidad fugitiva que se arremolina para zozobrar y perecer ahogada después. Quienes logran por un momento encaramarse a lugares altos se entregan a una violencia desmedida entre ellos para luchar por el último palmo de tierra seca. Pero nadie oye grito alguno, el sonido del agua torrencial apaga los aullidos de dolor, miedo y desesperación. Los lamentos escapan de las gargantas sin que ningún oído alcance a escucharlos. Finalmente las corrientes se calman, los vientos se apaciguan. Comienzan entonces las aguas a devolver carroña muerta, que se deposita sobre la escasa tierra firme. Se entremezclan los cuerpos de animales con hombres y entrambos amasan la misma podredumbre mientras un cielo encapotado y negro todavía impide que los rayos del sol lleguen al suelo. A lo lejos brilla el fulgor de los relámpagos. No hay cuervo ni paloma, ni rama de olivo, ni manos que la recojan.


¡Oscuros pensamientos, cesad por hoy!, pues Salai ha vuelto con un mensaje; la paz con los franceses me abre las puertas de la corte con Francisco I. El rey me invita junto a él para que le acompañe; entre otras cosas quiere que el gran Leonardo le fabrique uno de sus artilugios. Adiós Italia, dueña de mi nombre y señora de mi corazón, país tan bello como desdichado. Mi río no ha llegado aún a su desembocadura y un nuevo viaje me aguarda.



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