EL ARCO DE ODISEO, La noche de los jueves, por Marcos Muelas



En algún momento fui consciente de mis propias manos, sujetas como garras crispadas sobre el volante. Descubrí con cierto pesar las pequeñas manchas que cubrían el dorso de estas ¿En qué momento habían aparecido? Necesité un esfuerzo titánico para soltar el volante. Abrí y cerré las manos varias veces mientras un hormigueo sacudía mis dedos. Miré el reloj del salpicadero para descubrir que llegaba tarde a la cita. ¿De verdad habían pasado veinte minutos desde que había aparcado? Había llegado con tiempo de sobra, pero me sentía incapaz de bajar del coche. Sin pensarlo abrí la puerta y me bajé del auto. Instintivamente busqué el paquete de tabaco y me maldije al descubrir que lo había olvidado. Llevaba más de cuarenta años fumando y no recordaba haber salido nunca de casa sin mi provisión de nicotina. Suspiré cansado, no creía poder afrontar esa noche sin tabaco. 

Pensé en lo curioso que era que mi mayor aliado fuera a la vez mi verdugo.

En fin, en peores y más ingratas relaciones tóxicas me había visto envuelto.

El camino desde el aparcamiento hasta la puerta del restaurante se me antojo más largo y pesado que nunca. Había recorrido religiosamente ese mismo camino una vez a la semana en los últimos cuarenta años y lo que siempre había sido el preludio de una noche de diversión en esta ocasión se me antojó una tortura.

Enseguida descubrí a mis tres amigos, viejos cabrones, que empezaban a gastar bromas sobre mi retraso. Las acogí de buen agrado y tras mendigarles un cigarrillo por unos instantes mejoró mi humor.





En un abrir y cerrar de ojos estábamos en nuestra mesa de siempre. Cada uno ocupaba instintivamente la misma silla desde hacía más tiempo del que podía recordar. Como veteranos clientes no hacía falta que pidiéramos nada para que nos llegarán las primeras cervezas.

Apuré media jarra de un trago esperando que esta me diera el valor suficiente para lo que tenía que hacer. Mientras, mis tres amigos ya estaban envueltos en sus conversaciones habituales que podían ir desde política, cine o cualquier programa chorra que estuviera de moda. 

Estaban tan concentrados discutiendo acerca de uno de estos temas que sentí que ninguno me prestaba atención.  Sin embargo eso me hizo sentir bien. Quizá fuera por la cerveza pero de repente tuve la sensación de ser etéreo, un ente invisible que espiaba a sus amigos. Me fije en todos y cada uno de los detalles. ¿En qué momento habían envejecido tanto?  ¿Pensarían ellos lo mismo de mi?

En un parpadeo habían pasado cuatro décadas desde que nos conocimos en la secundaria. El guapo del grupo se había ajado en algún momento entre sus dos matrimonios y otros tantos divorcios. Al amigo gordo ahora le llamábamos "el tirillas”. Supongo que el prematuro infarto le metió el miedo suficiente para empezar a cuidarse. Y sin embargo, el más sano de nosotros, estaba en mejor forma que nunca, aunque por el camino había perdido su envidiable melena.

Siempre me he considerado un estudioso de las arrugas humanas. Cada una de ellas nos cuenta la biografía de su dueño. Cuando veo a alguien con marcadas arrugas en la frente las atribuyo a una vida de preocupaciones. Las del ceño, sobre la nariz, me dice que es una persona que se concentra mucho en su trabajo. Sin embargo, mis preferidas son las "patas de gallo" y las de las comisuras de la boca, más presentes en las personas divertidas y propensas a sonreír. En nuestra mesa había arrugas de todos esos tipos (y muchas otras más).

Marcas de guerra, cicatrices emocionales que comenzaban a salir a la superficie a través de piel. Habíamos pasado mucho juntos. Los primeros años de nuestra adolescencia fueron los mejores, todo diversión, sueños y esperanzas.

Los puñetazos fueron llegando mucho después, afortunadamente distantes entre sí. Pero cada día que pasaba los golpes que nos daba la vida se hacían más fuertes y cada vez en periodos más cortos. Juntos habíamos enterrado padres, hermanos, parejas... y algún hijo.

Habíamos sobrevivido a todo eso, jueves tras jueves, en nuestra quedada semanal.

Daba igual el tiempo que pasara, los cuatro amigos seguíamos quedando, salvo contadas excepciones, claro. Siempre había especulado cual de nosotros sería el primero en romper esta antigua tradición. En todos los escenarios imaginables jamás había pensado que sería yo el que rompiera la costumbre.

Entre risas y conversaciones subidas de tono trataba de encontrar una pausa, un silencio que me permitiera tomar el turno de palabra. Había ensayado durante toda la semana como dar la noticia. De repente sentí la necesidad de fumar. Desde el fatal diagnóstico parecía necesitar la nicotina más que nunca. A estas alturas el tabaco ya no podía empeorar ni acelerar lo inevitable. Y no sería porque las tabacaleras no pusieran bien claro en las cajetillas sus efectos mortales. Me sentí estúpido. De repente alguien dijo algo muy gracioso y sin poder evitarlo todos rompimos en carcajadas.

Aquella noche estaba resultando ser más divertida de lo esperado. Casi sin darnos cuenta volvíamos a tener dieciséis años y toda la vida por delante. Los sueños y planes parecían no tener límites. Por unas horas fuimos inmortales y nuestras arrugas y pesares desaparecieron como si nunca hubieran existido. Decidí que no daría la noticia en aquel momento y de repente la noche se convirtió en una de las que mejores en los últimos tiempos.  Quizá habría otros jueves para malas noticias, pero seguramente este sería la última vez que nos divirtiéramos todos juntos.


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