EL ARCO DE ODISEO. Otra vez Japón 10.
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Esta pregunta puede resultar extraña, o más bien una invitación a asomarse a aquel oscuro barranco que es la locura. Pero, no se asusten, sigo igual de cuerdo que siempre, o al menos cercano a los márgenes de lo que llaman normalidad. Esto no es una pregunta cualquiera. Es el título de la novela de Philip K. Dick, una ventana a un futuro distópico. Pero no, no es Philip el protagonista de hoy, si no Ridley Scott, quien llevó la novela al cine bajo el título de Blade Runner. ¿Recuerdan aquella ciudad dónde se desarrollaba la trama? Aquella supuesta ciudad de Los Ángeles que tenía aquel ambiente ciberpunk donde las fachadas de los edificios estaban cubiertas por enormes carteles luminosos y luces de neones. Justo allí estábamos nosotros. No en el escenario de Blade Runner, ni en una futurista Los Ángeles. Estábamos en Osaka, una de las ciudades más carismáticas de Japón.
Tras desayunar tomamos un tren bala para desplazarnos a Osaka dispuestos a consumir cada segundo de aquel día. Ante nosotros, un cangrejo de más de ocho metros de envergadura colgaba de la fachada de un edificio. Sus múltiples patas nos saludaban al ritmo mecánico de animatronic. En otra fachada, una pantalla de tamaño imposible nos ofrecía unas caras demasiado conocidas. ¡Y tan conocidas! Éramos nosotros los que apreciamos en la imagen. Teléfono en mano, sin poder evitarlo, nos grabamos a nosotros mismos. Imposible resistirse.
Avanzábamos entre aquella marea humana, todos con las cabezas levantadas para admirar los interminables carteles vivientes. Las pinzas de los mariscos gigantes pugnaban con los tentáculos de calamar de la cercana competencia. La cabeza gigante de un cocinero se encaraba contra el dragón que ocupaba la fachada de enfrente. Y así, una interminable colección de figuras extravagantes de cartón piedra, que parecían competir con nuestras honorables Fallas valencianas. Gatos que saludaban con una pata mecánica, budas dorados, samuráis... Una completa locura. Los carteles de neón anunciaban los locales con colores chillones. Un empacho visual e hipnótico que nos impedía cerrar la boca.
Necesitaba un respiro, salir de aquellas calles ciberpunk para regresar al Japón tradicional. Arrastré a Penélope entre los turistas con la esperanza de encontrar aquel punto que había marcado en mi mapa. Por fortuna mi orientación funcionó y en un abrir y cerrar de ojos hallamos un oasis de calma. Esta es la magia se Japón, doblas una esquina y te encuentras con un hermoso y apaciguador templo. El Templo Hozenji sobrevive en mitad de Osaka, dejándose envolver por una urbe que crece a su alrededor. Ya había visto algo parecido en otros lugares, donde diminutos templos sobreviven acorralados entre edificaciones. Estos, a modo de secuoyas de acero y cristal, ofrecen su sombra al templo.
El templo Hozenji tiene cientos de años de edad, pero como otros, fue arrasado durante la Segunda Guerra Mundial. Actualmente solo sobrevive una estatua de Fudo Myoo, unos de los fundadores de la escuela budista Shingon. El templo es tan pequeño que apenas es un techo sobre esta figura. Una figura que se escondía tras el misterioso musgo creado por la magia del agua que los fieles y turistas echaban sobre él. El tamaño del templo y el caprichoso musgo dotaban de una enorme solemnidad al lugar. Una visita inolvidable.
No son los llamativos neones ni los esperpénticos carteles los que definen la ciudad de Osaka. La ciudad es conocida como La Cocina de Japón y créanme, se gana el título con creces. La variedad gastronómica parecía no tener fin y nos fue difícil elegir. Por suerte no fallamos y comimos muy bien.
Después de comer nos trasladamos hacia el sur, donde entramos en una cafetería muy particular. El lugar estaba regentado por dos nonagenarias que cigarro en boca te ofrecían una taza de café y poco más. Tuve la sensación de que llevaban toda la vida allí y que probablemente sus primeros clientes fueron soldados de ocupación americanos.
Aquel día fue inolvidable. Osaka ofrecía todo lo que esperaba y mucho más. Como anécdota les contaré que acabé probando mi puntería con el arco en un puesto callejero. Me deje atrapar por aquella encantadora actividad dedicada a sacar el dinero a los extranjeros. Tensé la cuerda del arco, llené los pulmones de aire y aguanté la respiración. Creyéndome el elfo Legolás, o por qué no, el propio Odiseo, apunté, solté la cuerda… y fallé. Ni siquiera toqué la diana. Entonces lo entendí, las flechas estaban muy torcidas, por largos años de uso. Con aquella arma creada para reírse de los turistas, lo único que se podía herir era mi orgullo. Pero, no podía quedar mal delante de mi Penélope. Me quedaban varios intentos, así que intuyendo la trayectoria del proyectil defectuoso conseguí hacer varias dianas saliendo airoso de la prueba. Mis habilidades fueron recompensadas con una tablilla de madera que aseguraba mis cualidades como guerrero ninja. Aunque sospecho que se la daban a cualquiera por participar. Al trofeo le sumé un buen recuerdo y una foto.
Aquel día nos dedicamos a las compras obligadas y a visitar el templo Namba Yasaka. Su única cualidad era tener un escenario dentro de las fauces de una enorme cabeza de león. Curioso, poco más.
Regresamos por Den Den Town, una calle dedicada a la electrónica, videojuegos y el cosplay. Aquel día sucedieron muchas cosas, pero se me acaba el tiempo para contarlas.
Caía la tarde cuando regresábamos en el tren a Kioto. Íbamos cargados de bolsas de compras. Estábamos cansados, pero satisfechos de nuestra excursión. Osaka, aquel destino al que yo dudaba ir se convirtió en todo un acierto. ¿Y cómo no iba a serlo? Estábamos en Osaka, la ciudad de los neones, los animatronics y como no, la buena cocina.

Esas flechas torcidas que hieren.
ResponderEliminarMuy interesante y crea intriga ese Odiseo sumergido.
Su color de ambiente entretejido con muchisima agudeza.