EL HOMBRE SIN ESCRÚPULOS, por Isabel María Abellán






Era una familia humilde y honesta. Trabajaban como aparceros las tierras de un hombre siempre ausente. Aunque no tenían trato directo, la relación era buena porque el padre siempre cumplía con su parte de la cosecha cuando correspondía, que venía a ser a finales de junio. El matrimonio tuvo ocho hijos. Todos sanos. También alegres. Era una familia feliz, tenían una tierra para trabajar y lo más preciso para vivir.

Pero, ¡Ay! El cielo no siempre es generoso. Vinieron años de sequía y el padre, por primera vez, no pudo cumplir con lo pactado. El amo, insensible a sus ruegos, les dijo que tenían que abandonar de inmediato su propiedad. Es más, decidió ocuparse personalmente de su desalojo.

Salió a recibirlo el campesino con su mujer y todos sus hijos. Al amo no le pasó inadvertida la mansedumbre de aquellas gentes, tampoco el miedo en sus miradas. Sin bajar siquiera del hermoso caballo en el que llegó, fue pasando la vista por cada uno de los moradores, hasta que sus ojos se detuvieron en la hija más pequeña y también la más hermosa.

De nada sirvieron los ruegos y las lágrimas, fueron expulsados de la tierra. Pero, para compensar quizá la penosa situación en la que quedaban, el amo se llevó consigo a dos hijas, a la pequeña y a la mayor, para que trabajaran como criadas en su casa. 

La más triste desolación cayó sobre aquella familia. 

Vinieron años de espantosas estrecheces para las dos hermanas. El amo era tremendamente desconfiado y, para asegurarse que no se beneficiaban de su fortuna, aumentada de forma importante después de vender a buen precio sus tierras, escondió todo su dinero entre las hojas de unos libros que guardaba bajo llave en una vitrina.

Cuando estalló la Guerra Civil en España, su avaricia fue a más porque pensó que los exaltados de cualquiera de los dos bandos podían apropiarse de sus riquezas; mandó entonces construir un doble muro y allí escondió la dichosa vitrina con todos los libros bien abultados. Pasó el tiempo y un día el avaro no pudo levantarse de la cama, una extraña enfermedad, sobrevenida de forma repentina, lo había dejado totalmente paralizado, no podía hablar ni mover ningún miembro de su cuerpo. Llamaron al médico del pueblo, pero este dijo que nada podía hacer, aunque quizá, si lo llevaran a un balneario, las aguas calientes podrían actuar sobre sus miembros paralizados y posiblemente se obraría el milagro. 

Fue terminar la guerra y el enfermo recuperó la facultad del habla. No podía mover un sólo músculo, pero ya era capaz de comunicar. Desveló a sus criadas dónde tenía escondido el dinero y les ordenó que trajeran a los mejores médicos. Las dos mujeres se quedaron muy quietas recordando todas las penalidades que habían pasado, y entonces, con aquella calma que las dos hermanas conservaron hasta el final de sus días le dijeron:

-Amo, ahora tú también eres pobre, el dinero que escondiste ya no te sirve para nada, dejó de tener valor cuando terminó la guerra.

Y dicho esto, las dos hermanas cogieron su breve hatillo y dejando la puerta abierta, por si algún conocido que pasara por el lugar lo deseaba visitar, partieron para no volver nunca más.


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