Tía Emily y otros poemas, por Concha Lavella Clemares

 









Tía Emily


Tía Emily llevaba los zapatos rotos y dentro guardaba 

los secretos de su andar por diferentes casas y ciudades.
Sus zapatos se abrían de tal modo que al contemplarlos 

se dibujaban en profundidad los lugares y estancias de muchos años.


A veces aparecían largas estanterías y puertas 

que se abrían a sótanos y desvanes llenos de misterio,

una luz en la ventana,
una sombra en la pared,
el manchurrón del mantel después de comer,
un rayajo en la pared,
unas letras devueltas en un cajón.
Sus zapatos se abrían de tal modo que al mirarlos 

a veces aparecían salones enormes de baile, vacíos y silenciosos.
Otras, llenos de gentes bailando valses 

en un invierno del siglo XIX.


Al andar, tía Emily perdía el equilibrio sin caerse 

hasta llegar al jardín de las puertas del gran caserón.
Un día tía Emily se quitó los zapatos y caminó descalza, había hielo.
Los zapatos salieron volando camino del cementerio.
Ella, sin embargo, siguió caminando y cantando una canción irlandesa,

tomó el violín en su brazo y con el otro, el arco.

Y movió las nubes del cielo.


Mientras sus zapatos volaban
ella eligió inventar el Universo de las pequeñas cosas

 y dar al mediodía una melodía de insectos dormidos bajo las piedras
 de la casa donde nació su libertad.
Se abrieron los caminos y surgieron árboles de gran altura

que la llevaron a su jardín secreto donde nadie los vio 
Sin terminar de escribir esta extraña historia 

alguien la llamó desde lejos y su pelo creció hasta llegar al mar. 
Eran los peces agitando sus aletas para avisar del desastre.
Tía Emily dio un suspiro y arrolló con sus grises cabellos 

los plásticos de aquel lugar inhóspito.
El mar volvió a relucir. 

Los peces la saludaron al marcharse.


El gigante de la guerra vocifera
entre Palestina y Ucrania,
Irán, Sudán, Groenlandia…
Ahora es Otoño y el color del viento en la tierra 

es una hoja de piedras.








Una Oceanía mediterránea


Una Oceanía nueva, 

más concretamente 
la Ínsula De Barataria 

donde el caballito Clavileño 

me hace volar 

hasta vuestra casa.
Allí enciendo las velas 

desde las estrellas más altas.

Desde la otra esfera, 

con un impulso de Amor,

os saluda mi alma.

 

 (Sigo navegando fuera de los pinchos del camino.)


Desde la Ínsula de Barataria.
A veces voy por los montes 

otras, por brazales y ramas. 

Otras, por barriadas vistabelleras,
cuando Clavileño descansa.
A la espera de los Reyes Magos,
que a veces dura toda una vida

 y parte de un mañana,
hasta que salga el sol 

después de la madrugada.
Los críos juegan mientras, 

 me veo entre ellos, me llaman.
Yo aún duermo.
Miro con un solo ojo destapado,

a la gente desde arriba.
¿Serán ellos los de mi casa?




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