La doctrina Monroe, por Vicente Llamas
Si, como afirma Llosa, la inteligencia es una atmósfera en La condición humana, y ese carácter no se resiente en la ficción, también puede serlo el delirio.
Rebasadas las lluvias, la tierra rojiza, el sudario de polvo que ahoga el ímpetu ciego de las espigas y los hombres que trazan sobre la costra de polvo y días rojizos de la tierra los senderos de su propio desgaste, la impura caligrafía de la orfandad a la espera de Godot, Las uvas de la ira parte de una premisa: la penosa marcha de una tortuga entre los flancos de una calzada, metáfora del éxodo de ockhies y arckies remontando hoovervilles y demás residuos fenomenológicos de la Gran Depresión, hasta completar la anatomía profunda de la bestia simplificada, ya en el Sheol californiano, mientras la doctrina se extendía a criaturas no ungidas en la fe anisótropa que sostenía el proyecto de vasta nación. Quienes no habían cometido otra falta que habitar la espera debieron interpretar el suburbio al que ésta les condenaba como un estado límbico que tendría, tarde o temprano, otra derivación.
The Texas Chain Saw Massacre arranca con el plano sostenido de un armadillo, la misma tortuga, ahora inversa, en alguna carretera rural, sin bascular sobre su cóncava armadura. Muerto. Presagio, en su más siniestra expresión, de la opresiva atmósfera de la Deep America, lejos de los sombríos arcanos que la sustentan.
Esa atmósfera es la exacta geografía de mil lugares borrosos que se cumplen, incompletos, en el aire, deformado por vicios exhalados y enterrados en él como huesos ingrávidos. No la geografía nítida del horror, sino la reinvención del viejo colonialismo anglosajón en clave globalista.
Surtidores de gasógeno, rostros arrancados a la endogamia, surgidos de algún escenario onírico, demasiado próximos a ambiciosos Snopes sin escrúpulos o a Bundren desfigurados por el rigor mortis y los susurros de una madre opaca que se pudría en su ataúd. El resto: felonías, profanaciones, vestigios de ofrendas reformadas… Contraplanos constantes, elipsis que acentúan los huecos de la Pax Britannica, ecos de una doctrina quebrada que reportaba a la república federal un hemisferio entero, opuesto a los “intereses elementales” del continente desgarrado por revoluciones, fracturado finalmente por Yalta.
La advertencia a la Santa Alianza tendría efectos remotos, rumiados en despachos secretos, jamás confesados públicamente: la constelación federal podía conculcar principios jurídicos basales en su esfera de influencia gravitatoria, vulnerar todo imperativo moral, rechazar legítimas demandas de extranjeros perjudicados, ejercer inspecciones excluyentes (sobre el canal de Panamá, contra el Tratado Clayton-Bullwer, y sobre tantos otros canales oceánicos), reconducir su acción para la preservación de la “doctrina del mundo”.
Hay, sí, terrores más complejos que la guerra desnuda, más ramificados, de una geometría más avanzada (no euclídea, quizá), las marcas que dejan sobre el polvo los hombres a punto de rendirse para abrazar el corolario Hayes o el Big Stick (“speak softly and carry a big stick, you will go far”, dicta el proverbio invocado en el discurso de septiembre durante la feria del estado de Minnesota), terrores exactos a las oscuras huellas que deja el frío en la respiración de los peces óseos o en las agallas de los robles exhaustos, pero éste tiene la pureza de lo irreal, el despojamiento de lo fatídico (los hechos definen justamente eso, un territorio ideal), porque sólo lo irreal tiene rasgos menos vulgares.
Un pedazo de América o de su alma tiene esa precisa geometría. Un trozo de América compuesto de gasolineras vagamente oníricas, planos hipodámicos, barrios intermedios, periferia extendida por sacrificio masivo de espacio rural y saturadas horas punta, reclama su libra de carne sin derramar una sola gota de sangre.
Ahora, en una vuelta de tuerca más perversa que el perverso dogma estratégico, la doctrina está a punto de ser violada por un pálido muñeco de guiñol.

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