LOS SONIDOS Y EL TIEMPO: UN TAL BORTKIEWICZ, por Gabriel Lauret
Clásicos Populares, el programa que durante 32 años dirigió el añorado Fernando Argenta en Radio Nacional, conseguía difundir la música de una manera amena y desenfadada al tiempo que humanizaba a los compositores y a quienes la interpretaban. Recordarán que estaba dividido en divertidas secciones. Una de ellas se titulaba “Músicos justamente olvidados”, en la que se escuchaba algún fragmento que acreditaba plenamente la desaparición de su autor de las salas de concierto, de las ondas de radio, de las grabaciones y, en definitiva, de la historia.
Uno, quien esto escribe, ya va teniendo unos años y ha escuchado, y escucha, mucha música, y ha leído, y lee, mucho sobre música. Por ello, cuando aparece un nombre que me resulta desconocido, recuerdo esos “Músicos justamente olvidados” y me espero lo peor. Hace unos días asistí en Murcia al X Concierto de Clamo Music. Tres pianistas internacionales, ganadores del concurso del mismo nombre, interpretaban tres conciertos para piano. Junto a dos obras fundamentales del repertorio, el Concierto nº 2 de Chopin y el Concierto nº 5, “Emperador”, de Beethoven, cerraba el acto el de un compositor desconocido para mí, Serguei Bortkiewicz. Para mi sorpresa y de la totalidad de los presentes, su Concierto nº 1 resultó ser una obra extraordinaria que el público aplaudió con entusiasmo. ¿Quién era este tal Bortkiewicz?
La historia es la misma para todos pero te afecta de forma muy distinta dependiendo de dónde te toque vivirla. La Navidad para la población de Jarkov, en el frente de la guerra de Ucrania desde hace cuatro años, no es la misma que disfrutamos, nunca mejor dicho, en nuestro país. Cuando Serguei Bortkiewicz nació allí en 1877, Jarkov era una ciudad tranquila del Imperio Ruso. Descendientes de la nobleza polaca, su padre poseía una destilería y su madre, que participaba activamente en la vida musical de la ciudad, fue quien le inició en la música. En 1895 ingresó en el Conservatorio Imperial de San Petersburgo para estudiar piano; no pudo trabajar con Rimsky-Korsakov y Glazunov, profesores exclusivamente para alumnos de composición. Simultaneó estas clases con las de derecho, que abandonó, y tuvo tiempo y medios para realizar un Grand Tour que le llevó a Estambul, Creta, Atenas, Nápoles, Roma, Venecia y Viena. Entre 1900 y 1902 amplió conocimientos en Alemania, en el Conservatorio de Leipzig, con dos antiguos alumnos de Liszt, donde se graduó con el Premio Schumann, dando así por completada su formación, tras lo que regresó a su país y se casó con Elisabeth Geraklitowa.
Desde ese momento, cada hecho histórico importante convertía sus decisiones anteriores en un error. Una primera y feliz estancia en Berlín que comenzó en 1904 terminó en deportación con el comienzo de la Primera Guerra Mundial. El regreso a Jarkov concluyó con la Revolución Bolchevique, que le forzó a abandonar para siempre su tierra en 1919, en una huída en barco desde el puerto de Yalta, rodeado de decenas de miles de refugiados. Rehizo su vida y carrera en Estambul, ciudad en la que pudo dar clase y conciertos, pero el deseo de regresar a occidente le haría instalarse en Viena, donde obtuvo la nacionalidad austriaca. Cuando todo iba bien, nuevo cambio de aires. Tras probar suerte, sin suerte, en París, comenzó una segunda estancia berlinesa en 1928, que acabó abruptamente en 1933, esta vez para huir de la persecución nazi. Volvió a Viena, donde la influencia alemana era cada vez más notable y dificultaba cada vez más su trabajo. Padeció condiciones económicas muy desfavorables que hicieron que tuviera que recurrir a la ayuda de sus amigos. Entre ellos, el pianista holandés Hugo van Dalen, a quien conoció en su primera estancia en Berlín, el mejor intérprete de sus obras y con quien siempre pudo contar en los momentos difíciles, fue el más importante de todos.
Pero lo peor estaba todavía por llegar. La Segunda Guerra Mundial fue terrible en la ciudad de Viena y afectó profundamente al matrimonio. Si han visto la película El tercer hombre, de Orson Welles, se pueden hacer una idea. Carecían de agua y comida para subsistir, y de calefacción para sobrevivir al duro invierno. Hasta en tres ocasiones estuvo Bortkiewicz a punto de morir por los bombardeos o en medio de los combates encarnizados entre las fuerzas alemanas y las rusas que tomaron la ciudad. La experiencia fue tan devastadora que provocó que Elisabeth desarrollara un trastorno bipolar. Además, la mayoría de sus partituras impresas, en una editorial alemana, fueron destruidas durante los bombardeos aliados, lo que le provocó la pérdida total de ingresos por la venta de su música.
En condiciones todavía durísimas, en otoño de 1945, fue nombrado profesor del Conservatorio de Viena, con lo que mejoró algo su situación económica. En 1947 se fundó la Sociedad Bortkiewicz con la finalidad de preservar su música, que se escuchaba en conciertos mensuales. El momento de gloria le llegó a Bortkiewicz en 1952, con motivo de su 75 aniversario. La Orquesta Ravag, actual Orquesta de la ORF, la radio austriaca, ofreció un concierto con sus obras en el Musikverein de Viena. Como él mismo explicó, el público, incluidos los críticos, quedaron sorprendidos y maravillados, como me ocurrió a mí mismo hace unos días. Reconocimiento muy tardío, ya que la muerte le alcanzó ese mismo año.
Bortkiewicz dejó una obra muy interesante en la que sobresalen tres espléndidos conciertos para piano, otro para violín, otro para violonchelo, dos sinfonías, una ópera y gran cantidad de piezas para piano de enorme calidad y belleza. El segundo de sus conciertos de piano fue un encargo, de Paul Wittgenstein, pianista que había perdido el brazo derecho durante la Primera Guerra Mundial y que era hermano del filósofo Ludwig Wittgenstein, el mismo encargo que también recibió Maurice Ravel.
La mayor crítica que puede recibir Bortkiewicz es que fue fiel a la tradición romántica y no adoptó las nuevas tendencias del siglo XX, por lo que su música, en la que no faltan citas del folclore ucraniano, puede recordar a la de Liszt, Chaikovski o Rachmaninoff. Convendrán conmigo en que el hecho de que la música de Mozart se confunda en ocasiones con la de Haydn, o la de Schubert con la de Beethoven, nunca ha sido un demérito para ninguno de estos compositores.
Si Bortkiewicz hubiera tomado otras decisiones, su vida habría sido distinta, posiblemente más fácil, y probablemente sería un compositor de renombre, aunque esto forme parte de la música-ficción. Lo que es evidente, por la calidad de la obra que conservamos y que les invito a escuchar, es que no merece seguir integrando esa larga lista de músicos olvidados.
Ilustraciones musicales:
Serguei Bortkiewicz. Concierto para piano nº 1, op. 16. Maria Valeeva, piano. Orquesta Sinfónica Estatal de la República de Udmurtia. Director: Ilya Petukhov
Serguei Bortkiewicz. Concierto para piano nº 2, “para la mano izquierda”, op. 28. Nadejda Vlaeva, piano. Orquesta sinfónica académica “Philharmonia” de Chernigiv. Director: Mykola Sukach
Serguei Bortkiewicz. Sonata para violín y piano, op. 26. Solomiya Ivakhiv, violin. Steven Beck, piano


Interesantísimo tus post.
ResponderEliminarSeguro que disfrutaré las ilustraciones musicales.
César.
Muy interesante, como cada una de la Memorias 👏🏻
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