CLASE DE LENGUA Y DE LITERATURA, La penúltima estación, por Santiago Delgado
Hoy, ando de baja por depresión docente común. En lugar de dar clase, avento este poema del Postpesimismo propio de mi edad.
LA PENÚLTIMA ESTACIÓN
La vejez es una estación antigua
de tren transeuropeo.
Estamos en el andén, bajo una pérgola
rematada en calada cenefa, férrea y modernista
Delante de mí, hay un vagón de pasajeros de los de antes,
con pasillo corrido que da a los compartimentos.
Hay también una figura de brazos cruzados
sobre la baranda que, en aquellos amplios ventanales,
solía haber, para apoyo de los contempladores
de paisajes, cuando el humo de la máquina
dejaba ver algo digno de ese nombre.
De pronto, el tren, infinitamente despacio,
comienza a salir adelante, hacia nuestra derecha.
Entonces nos reconocemos:
–¡Soy yo! –exclamo en un silencio perfectamente interior.
–No, soy tu cuerpo, que se va– musita,
precisamente, el que se va.
El tren, sin traqueteo alguno, ni alharaca añadida,
acelera, casi imperceptiblemente, su marcha.
No hago por seguirlo. ¿Para qué?
Me miro a mí mismo, y me veo extraño,
aunque no mucho. Me ha quedado un cuerpo
de segunda mano o de tercera.
No enumero las injurias del tiempo
en la vil materia de la mitad que soy…
y que ya va siendo un “era”. Me admito.
Miro a la vía, ya sin tren.
El furgón de cola se aleja hasta el punto de fuga
de las paralelas vías férreas.
Me recompongo, me subo las solapas del abrigo,
y como un James Dean impostado,
doy media vuelta, y retorno a la vida.
Aunque en el andén era de noche,
ahora en la calle todavía malclarea el atardecer.
“Aún hay sol en las bardas”, me digo,
Y echo a andar –sin coger taxi, ni bus–
hacia no sé dónde, aunque supongo
que ya lo sabré, en breve. O no.

Se nota el traqueteo y sonido del antiguo tren
ResponderEliminarSe nota el traqueteo y sonido del antiguo tren
ResponderEliminarAunque tarde, he leído tu hermoso texto. Lo encuentro Muy lírico, pero como si fuera el resultado de una ensoñación. Un abrazo y Buenas Noches.
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