PUNTO DE FUGA. A una Rosa inmarcesible, por Charo Guarino






Una tarde como la de hoy, hace diez años, fue la última que la ví.

Sabíamos de la gravedad de su estado, pero no podíamos imaginar que sería la última vez. Me acompañó otra gran amiga, Ana Ibáñez. A ambas las conocí al año de llegar de mi Barcelona natal. En plena adolescencia. Pocos años después las tres nos licenciamos en Filología Clásica en la Universidad de Murcia. Pero no fue nuestra fascinación por el mundo antiguo, ni el griego y el latín, nuestros únicos vínculos; nos unían además vivencias (desengaños incluidos) que fueron dando solidez a nuestra amistad con el pasar de los días. El 19 de enero de 2016, mientras me encontraba realizando un examen y hablaba de Rosa con una compañera de la Facultad que había sido profesora nuestra en el Instituto de Bachillerato de Santomera, Ángela Sánchez-Lafuente, me telefoneó su primo Enrique para darme la triste noticia lacónicamente: Rosa ya se ha ido.


Ha pasado una década. Pocos días antes de la partida de Rosa murió el cantante David Bowie. Era un día de lluvia en Murcia. Escuché la noticia cuando iba de camino al Hospital Virgen de la Arrixaca a visitar a Rosa. No hablábamos de su estado, pero en el aire flotaba esa realidad que no se acepta porque siempre parece ajena, o nos aferramos a ello inconscientemente. Centramos la conversación en Bowie. A Rosa le gustaba leer, escribir, pintar, vivir. Y la música, que le abrió todo un mundo en el que me consta que disfrutó mucho y le proporcionó muchas amistades. También, como a su primo Enrique, le gustaba ir a Patiño a esa fiesta “de las pelotas” (como en Murcia se llama a las albóndigas). Alguna vez les acompañé, aunque a mí el caldo y las pelotas me repugnan, pero el ambiente era alegre y popular, muy agradable. La semana pasada asistí, en Patiño, a una noche de trovos en que uno de los repentistas era mi amigo Emilio del Carmelo Tomás Loba, como dice su tocayo Emilio Soler, “El Corcho”, uno de los mejores, si no el mejor. Se celebraba con motivo del día de las pelotas patiñeras, y distintos repentistas, entre los que se encontraban tres invitados llegados respectivamente de Colombia, Cuba y Canarias, amenizaron y alegraron la velada con esa chispa que tienen los trovos, picarona y ocurrente. Mi mente voló a otra noche, veraniega esta vez, en que me reconcilié con Rosa después de un período de distanciamiento por un malentendido. Fue en Mar de Cristal. En un encuentro de troveros. Nos acompañaba Irene, aunque no se acuerda porque era muy chiquita. 

Rosa era sincera y directa, y cuando algo le molestaba no tenía reparo en decirlo. Por eso también fue fácil —aunque se demoró algo en el tiempo— olvidarlo y recuperar nuestra relación amistosa. Fue en Mar de Cristal, e Irene tenía cuatro o cinco años entonces. Ahora, a punto de cumplir los veinticinco, está a una semana (seis días exactamente) de hacer el examen MIR. La recuerda con cariño, y de vez en cuando nos referimos a ella. Especialmente estos días, en que tan malica estaba. Rosa no cumplió los 49. El 19 de enero de 2016 se fue de este mundo. Recién separada yo, con mi hija aún bebé, salíamos esporádicamente, y cuando más de una vez me excusaba de hacerlo porque mi hija era muy pequeñita, diciéndole que ya se haría grande y podríamos salir sin que yo tuviera cargo de conciencia por ello, me respondía “ella se hará grande y tú vieja, Charo”.  


Como dice Séneca, no es poco el tiempo que tenemos (eso es relativo, claro), sino mucho el que malgastamos. Tal vez no lo empleemos siempre debidamente, pero lo que sí está claro es que no podemos dejar nada para mañana, porque el mañana es incierto, y, dentro de nuestras posibilidades, no desperdiciar el tiempo y emplearlo en las cosas y personas que nos son queridas. Carpe diem, remitiendo a la Oda a Leucónoe de Horacio, o Collige, virgo, rosas, si tomamos como referencia a otro poeta, Ausonio, nacido en el s. IV en Burdigala (la actual Burdeos) quien, como haría Ronsard —uno de los siete poetas en torno al cual se crearía en Francia en el siglo XVI el grupo La Pléiade, en alusión al número, coincidente con el de las siete hijas de Pleíone y Atlas, las Pléyades, excepcionalmente conocidas por el matronímico, pues lo habitual en la mitología grecolatina es que sea el padre quien marque el genérico—, seguiría a Ausonio en la idea de simbolizar en la condición efímera de la rosa la del encanto de la juventud femenina, igualmente pasajero. 


Esta primavera compré un rosal trepador para mi balcón, impulsada, más que por su belleza, por la atracción que ejerció en mí su nombre, “rosal Pierre de Ronsard” se llamaba. Seguramente por eso no llegó siquiera al verano. O tal vez no supe procurarle los cuidados necesarios. Curiosamente, esta variedad de rosal fue conseguido en Francia en 1985, el año en que conocí a Rosa.

Rosa Hernández Navarro no llegó a marchitarse. Murió en la lozanía, un mes menos un día después del fatal diagnóstico, que le llegó unos días antes de Navidades: se fue al hospital justo después de ejercer su derecho al voto en las elecciones generales de 2015, y estuvo trabajando hasta el último momento, pese al cansancio y el dolor que fueron las señales de alarma del silencioso cáncer de páncreas que se la llevó.

Irene se ha hecho mayor. En unos días se examinará del MIR. Rosa, que estuvo presente en todos sus cumpleaños y en los momentos más importantes de su vida, seguro que se alegraría, e Irene lo sabe, y esa energía le sirve también de apoyo. Como la de sus abuelas, que hoy le faltan en el mundo pero siguen estando próximas, como espíritus benefactores.

Hoy, diez años después de aquella despedida que se quedó sin adiós, recuerdo a Rosa, como tantas veces, y le rindo homenaje dedicándole estas palabras, que nacen de un cariño que permanece intacto. 


Cuatro meses después de su partida celebramos un encuentro en su memoria amigos y familiares suyos, en torno a un libro póstumo de cuya edición me ocupé: De profundis rosae. Mis compañeros de ‘Canna Brevis’, con Diana de Paco a la cabeza, se volcaron en un acto entrañable celebrado en el MUBAM en el que se leyeron textos suyos que atesoro en mi corazón. Pronto sus palabras volverán a la luz en la obra coral que preparo contra la violencia hacia la mujer. Estoy segura de que hubiera querido colaborar en un tema como ese. Su madre, Fina Navarro, me ha dado su permiso, y desde aquí se lo agradezco y le brindo mi abrazo con mi admiración por su resiliencia y la dulzura que la fatalidad no ha podido arrebatarle.


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