EL ARCO DE ODISEO, Otra vez en Japón XI, por Marcos Muelas













¿Y qué verás la próxima vez que vayas a Japón? Esta pregunta me la han hecho muchas veces y, aunque bien intencionada, me produce un cierto desasosiego. Usted pensará que cada vez que vuelvo a Japón intento ver algo nuevo, pero tenga en cuenta que, para ver algo nuevo, debería perderme algo familiar ¿Volvería usted a Japón y sería capaz de no regresar a aquellos lugares donde dejó abandonado una parte de su ser? Quizá se pudiera pensar que aquellos bellos momentos del pasado se acaban magnificado con el tiempo, idealizándose hasta alcanzar cotas irreales que distorsionan lo real. Como aquel libro que le impactó tanto de adolescente y cuando lo volvió a leer de adulto le pareció decepcionante. Pero esto es Japón, un mundo dónde difícilmente distinga la fina línea entre mito y realidad.

Allí estábamos otra vez, mi Penélope y yo, en aquel lugar al que no imaginaba volver, al menos no tan pronto: Fushimi Inari. Aquella parcela congelada en el tiempo volvía a recibirnos. Nos recibían de nuevo las majestuosas esculturas de Kitsune, el famoso zorro esculpido en piedra. Permanecían solemnes en el mismo lugar en el que las dejamos en nuestra anterior visita. Desde el santuario, comenzamos una vez más el largo ascenso a la cima del monte. Un camino marcado por el icónico color rojo de los torii, enormes puertas de madera que nos volvían a abrir paso del mundo profano al sagrado. De lo finito a lo infinito. Aquellas puertas construidas con gruesos troncos, perfectamente pulidos y cubiertos de aquella pintura roja tan intensa, nos envolvían con la sensación de estar dentro de un túnel. De alguna manera sentí la obligatoria necesidad de tocar aquella madera, sentir la suavidad y perfección de aquellas formas en mis manos. Quizá de forma subconsciente necesitaba comprobar con el tacto que aquella belleza fuera real.






Pero, aquel día, por mucho que deseáramos quedarnos en aquella parcela de paz, nuestro tiempo era limitado. Debíamos poner rumbo a Kibune y para ello tomamos un tren desde Inari. Hicimos transbordo a un tren panorámico que, a través de unos paisajes de naturaleza embelesadora, nos llevaría hasta una diminuta estación que parecía atrapada en una época más antigua. En ella disfrutamos de una exposición dedicada a los tengu. Estos yokai, o deidades asociadas a las montañas, suelen ser representadas de diferentes formas. En ocasiones como un ser con pico, garras y alas de ave rapaz. Otras veces los encontramos con formas más humanoides, con unas entrañables getas (zapatos tradicionales japoneses) y rostros rojos. Estos últimos presentan una nariz desproporcionadamente alargada. Justo al salir de la estación encontramos la estatua de una enorme cabeza de tengu. Su piel era tan roja como los mismos torii que habíamos visitado horas atrás. Su mirada severa nos recordaba su función de guardián de aquella montaña. Su interminable nariz parecía señalar la dirección que debíamos tomar y obedientes nos pusimos en marcha.

Pronto comenzamos el ascenso de aquel monte. Allí sentí la naturaleza como jamás lo había hecho. Las secuoyas milenarias nos recibieron, solemnes, eternas. Puse la mano sobre mi frente, a modo de visera, para estudiar aquellos titanes de madera cuyos troncos superaban fácilmente los tres metros de diámetro. De forma inconsciente buscaba el rostro colorado de algún tengu escondido entre las copas de alguno de estos árboles. Pero ese día no parecían ocultar ningún inquilino o al menos, yo no lo vi. Sólo estábamos nosotros y aquellas secuoyas, silenciosas, testigos del paso del tiempo que nos escoltaron durante los cuatro kilómetros de aquel recorrido.

Subimos la ladera serpenteante pisando aquellos escalones artificiales creados por las pisadas de los millones de visitantes que nos precedieron. De vez en cuando nos detuvimos en los miradores tanto para disfrutar de las vistas como para recuperar el aire. Apenas nos cruzamos con unos turistas, que al igual que nosotros mantenían el silencio evitando alterar los sonidos solemnes del bosque. En la cima de aquel monte encontramos un precioso templo con cerezos. Allí obtuvimos nuestro ansiado goshuin, nuestra libreta que certifica con la belleza de la caligrafía los templos visitados. En esta ocasión tuvimos el gran privilegio de ser bendecidos por el monje del lugar.

Por si el trayecto y la experiencia no fueran suficiente, la recompensa la hallamos pasada la cima. Un mar de raíces se concentraba en aquel lugar, apéndices de árboles centenarios que escapaban de la tierra formando un complejo entramado. Algunas de aquellas raíces pertenecían a árboles desaparecidos en el pasado, que de alguna forma luchaban por dejar el testigo de su existencia mientras servían de protección a los jóvenes árboles que crecían entre ellas. Entonces percibí el mensaje que nos mandaba aquel paisaje. Me vi atrapado ante un cierto desasosiego, una sensación de ser minúsculo ante aquellos seres. Nos costó abandonar aquel lugar repleto de paz. Comenzamos el descenso en dirección a Kurama, otro pueblo encantador justo al otro lado del monte. Un puente rojo indicaba nuestra victoria. Como premio encontramos un hermoso restaurante tradicional donde concedimos un homenaje a nuestros cuerpos: rica gastronomía local y un descanso a nuestras castigadas piernas.

La experiencia nos auguraba agujetas y dolores musculares para un futuro muy próximo, pero de eso ya no preocuparíamos más tarde. Ahora estábamos en Japón, ya saben, el paraíso de la naturaleza, la paz y como no, los tengu.


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